¿Recortes en el gasto universitario en tiempos de crisis?

En los tiempos que vivimos me posiciono más con autores como Krugman que consideran que el carácter tan restrictivo de las políticas económicas que está impulsando Alemania dentro de la Unión Europea resulta contraproducente para la superación de la crisis. En ese sentido, creo que se deben buscar aliados y luchar para cambiar el signo de las políticas económicas que se impulsan desde Europa. Pero junto a lo anterior, pienso que un país como España, tremendamente endeudado y sin una moneda propia, dispone de muy poco margen para emprender una política fiscal de carácter más expansivo, y que la puesta en marcha de un política de austeridad resulta ineludible. A corto plazo, la restricción va a marcar las políticas que se impulsen desde los gobiernos en España y, algo en menor medida, en la Comunidad Autónoma vasca.

Pero en lo que sí tenemos margen es en cómo gestionar esa austeridad. En ese sentido, se debería otorgar prioridad en nuestras elecciones a dos grandes principios: que los colectivos más perjudicados no soporten situaciones insostenibles y que las medidas adoptadas permitan mejorar nuestra competitividad. El primero responde fundamentalmente a razones éticas, pero también a que la solidaridad es un factor cave de competitividad. El segundo es clave porque, no previéndose en los próximos años que la demanda interna vaya a tirar positivamente del nivel de actividad económica, ésta solo se recuperará si somos capaces de aumentar nuestro grado de internacionalización y basamos nuestro crecimiento en el dinamismo del saldo neto exportador. Por supuesto, hay medidas que permiten responder a las dos prioridades simultáneamente, y en principio serían las más deseables.

Uno de los principales ámbitos en que cabe combinar esas perspectivas social y económica es el gasto en educación. Tanto el gasto en pensiones como el gasto en educación cabe calificarlos de gasto social. Pero las consecuencias en términos de competitividad que se derivan de uno y otro son muy diferentes. El primero apenas va aumentar la capacidad competitiva y de exportación de la economía española o vasca, que como se ha dicho es la única vía que tenemos en nuestras manos para superar la actual situación de estancamiento; mientras que el segundo posibilita afrontar una de las mayores debilidades que tiene la economía española. En tal sentido, parecen poco acertadas decisiones como la subida generalizada del uno por ciento de las pensiones contenida en el proyecto de presupuestos del Estado, cuando simultáneamente se decide recortar bastante sustancialmente el gasto en educación.

De todos modos, dentro del ámbito educativo la situación es muy diferente de unos niveles a otros. Por las limitaciones de espacio propias de un blog, mis reflexiones se centrarán en la universidad y, más en particular, sobre el gasto en educación superior que efectúa una sociedad. Como Aghion et al. (2008) han puesto de manifiesto, tal gasto es fundamental para alcanzar elevados niveles de renta per cápita y competitividad en un país.

La reciente publicación por la OCDE de Education at a Glance 2012, ofrece al respecto interesantes y, probablemente para bastantes lectores, inesperados datos a este respecto. En tal publicación se pone de manifiesto el muy superior nivel de gasto educativo que efectúa EEUU en comparación con la Unión Europea (UE), que sería uno de los principales factores detrás de la mayor capacidad de innovación que muestra aquella con respecto a esta. En contra de lo que algunos pudieran pensar, se aprecia asimismo que el gasto en educación superior es en España muy similar al de la media de la UE (es ligeramente superior calculado por alumno, y ligeramente inferior calculado en porcentaje del PIB). Es más, en indicadores tales como número de estudiantes por profesor, España muestra valores notablemente más bajos que en la media de la UE, la media de la OCDE e incluso que EEUU, lo que en principio posibilitaría una enseñanza más personalizada y de calidad. La publicación pone de manifiesto que eso se debe al fortísimo crecimiento que ha mostrado el gasto en educación superior por estudiante en España desde 1995. De último datos que para, las Cuentas de la educación ha publicado Eustat se desprende que el gasto por estudiante en educación superior es ligeramente superior en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAPV) que en el conjunto España, pero que si dicho gasto se pone en relación con el PIB el valor de la CAPV se queda ligeramente por debajo del de España.

Cuadro: Indicadores básicos sobre la educación terciaria

 Fuente: OECD (2012) Education at a Glance 

Como suele suceder con la visión de una botella medio llena, los datos anteriores permiten hacer dos tipos de lecturas. Una, la de que, si queremos mejorar nuestra capacidad de innovación, la CAPV, España y la UE tienen que seguir la senda marcada por EEUU, tanto más por cuanto esa mejora sólo ha alcanzado a las más recientes generaciones de egresados, y la mayor parte de la población que pasó por la universidad lo hizo en condiciones de mayor masificación. Y la segunda, es que, tras unos años de intensa mejora, cabe interrumpir temporalmente esa tendencia al creciente gasto universitario, tanto más en momentos como los actuales en que la capacidad del gasto público total se ve fuertemente constreñida.

Antes de posicionarse ante estas dos contrapuestas lecturas cabe introducir un elemento adicional para la toma de decisiones en este ámbito. En efecto, no importa sólo cuánto se está gastando, sino cómo se está gastando. Así, si estamos lejos de emplear eficientemente los recursos, lo más sensato resulta dar prioridad a la mejora de eficiencia, y no tanto al crecimiento del gasto. Esto es, en lugar de seguir inyectando más y más agua en una cañería llena de agujeros para aumentar el caudal de agua que sale por el otro lado de la cañería, puede resultar más interesante tratar de tapar los múltiples agujeros por donde se escapa la mayor parte del agua que se inyecta en la cañería.

Pues bien, los análisis que al respecto se disponen sobre el grado de eficiencia del gasto en educación en la universidad española son bastante preocupantes. Efectivamente tenemos unas ratios medias de estudiantes por profesor muy favorables, pero ellos son frutos de situaciones extremas: clases relativamente masificadas en ciertos tipos de estudios o carreras y clases con un número de alumnos ridículo o muy bajo en otros; y tales excesos de capacidad docente en determinados estudios o carreras se perpetúan y no se corrigen. Igualmente, si bien la remuneración media del profesor universitario español es relativamente baja, eso oculta que hay profesores que desempeñan sus funciones docentes, investigadoras o de implicación social de modo excelente sin que se vean debidamente recompensados, pero que junto a ellos hay un altísimo porcentaje de profesores que no investigan nada (a pesar de que una parte de su sueldo es por hacer investigación). Los porcentajes de alumnos que abandonan sus estudios o tardan más años de los debidos para acabar una carrera son también muy altos, y denotan una falta de eficiencia del sistema. Y así podríamos seguir con otra amplia serie de indicadores que ponen de manifiesto que es mucho lo que se podría mejorar en output universitario sin necesidad de aumentar el gasto educativo.

¿Cómo mejorar esa eficiencia universitaria? Avancemos la respuesta, que puede que sorprenda a algunos y que trataremos de desarrollar en otra posterior ocasión. No se trata de imponer más regulaciones sobre la universidad desde el gobierno, sino precisamente de lo contrario: de dotar de mayor autonomía a la universidad. Eso sí, esa mayor autonomía debe ir acompañada de una mayor rendición de cuentas y asunción de responsabilidades por parte de la universidad, de modo que en la gobernanza de la universidad estén presentes realmente los intereses de la sociedad. De la misma manera, dejamos para una posterior ocasión cómo se debería financiar ese mayor esfuerzo en gasto educativo, pero adelantamos nuestra posición: en contra de lo que muchos sostienen, el mejor modo de reforzar el Estado del Bienestar y avanzar en la progresividad y eficiencia del sistema no pasa por unas tasas universitarias gratuitas o bajas, sino por repercutir en un porcentaje muy superior que en la actualidad los costes reales de la enseñanza universitaria en las tasas. Eso sí, poniendo en marcha en paralelo un sistema de becas y ayudas, e incluso de préstamos en condiciones especiales, para los estudiantes, muchísimo más potente y justo que el actualmente imperante en España, que tome en cuenta realmente el nivel de renta y los resultados educativos del estudiante.

Publicado en Euskera en el blog del Diario Vasco: Ekonomiaren plaza

mnavarro

Es catedrático de Economía de la Deusto Business School, de la Universidad de Deusto, e investigador senior de Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad.Director en la actualidad del curso Microeconomics Of Competitiveness (MOC) que se imparte en colaboración con el Institute of Strategy and Competitiveness de Harvard. Está especializado en temas de competitividad industrial y sistemas de innovación, campos en que ha publicado una quincena de libros y más de medio centenar de artículos y colaboraciones científicas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*