Comunicación a tres voces

¿Qué es lo que sucede cuando tres personas que trabajan en el ámbito de la comunicación para el desarrollo territorial se juntan? Este post pretende dar respuesta a esa pregunta partiendo de nuestra propia experiencia. Durante el mes de septiembre, nosotras, Patricia, Maite y Eleonora, tuvimos la oportunidad de reunirnos en persona por primera vez, de compartir nuestras experiencias y de pensar en el papel que desempeña la comunicación en el desarrollo territorial. De todo lo aprendido, cada una asumió el compromiso de compartir lo que para ella había sido lo más significativo. He aquí el resultado.

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De qué hablamos cuando hablamos de comunicación

Recientemente participé en un foro virtual con un grupo de profesionales de universidades y centros de investigación de diversos países (Argentina, Brasil, Costa Rica, México, Nicaragua, El Salvador, España y Panamá) que desarrollan su actividad en el ámbito del desarrollo territorial. El objetivo del foro, una iniciativa del BID-FOMIN a través de ConectaDEL y Orkestra, fue poner en marcha una red de facilitadores del desarrollo territorial en América Latina. A lo largo de cinco semanas, los participantes compartimos experiencias y debatimos los ocho grandes ejes del desarrollo territorial que nos presenta el marco conceptual Enfoque Pedagógico-Investigación Acción para el Desarrollo Territorial (EPIA)[1].

Uno de esos ejes es la comunicación, en el marco del papel que juega como facilitadora de procesos de cambio[2]. Durante el debate, los participantes pudimos reflexionar sobre aspectos de la comunicación que, desde nuestra práctica, facilitan o inhiben los procesos en los que participamos. Rescato el que tiene que ver con los significados que asociamos a la comunicación, no sin antes agradecer a mis compañeros de foro sus aportaciones que verán aquí reflejadas, y sin las cuáles no hubiera podido escribir este post.

Una de las participantes compartió con el grupo un caso que involucra a diversos actores territoriales (investigadores, gobierno local, cámaras de comercio, entre otros) y que atravesó por un periodo de incomunicación debido a las prácticas de comunicación “disruptivas” por parte de algunos de los actores. Este caso nos llevó a preguntarnos si dicha incomunicación significaba que ya no había comunicación o era simplemente otra forma de comunicación. Reflexionamos sobre el hecho de que la comunicación se entiende normalmente como una herramienta para que los procesos sean más armoniosos y ello da como resultado una tendencia a mostrar resultados y transmitir eficiencia. En la práctica esto se traduce en comunicados de prensa, entrevistas en la radio… lo que en el foro llamamos la cara “facebook” de los procesos. Desde esa perspectiva, cuando la comunicación deja de ser armoniosa o cuando hay periodos de incomunicación, decimos que la comunicación se ha roto o que no hay comunicación. Parece que se nos escapa que la comunicación también es opaca y supone conflicto, simplemente porque entablar un diálogo para avanzar en la resolución de un problema, abre la puerta a otras visiones del mundo, a menudo contrapuestas.

En otro momento del debate, cuando nos preguntábamos si en nuestra práctica priorizábamos una comunicación dialógica, es decir, una comunicación que propicie el dialogo con otros actores, o si nos limitábamos a la difusión de mensajes unidireccionales, otra participante comentaba que en el lenguaje de los proyectos en los que había participado, comunicación eran las notas de prensa, la página web, las redes sociales… y que visto así, la comunicación se había limitado a lanzar mensajes sin esperar respuesta alguna. No obstante, si las cientos de horas invertidas con los actores del territorio en dichos proyectos para conocerse, discutir, construir, enfadarse, divertirse, avanzar, sufrir…se catalogaran como comunicación, entonces sí, la comunicación en los proyectos en los que había participado era totalmente dialógica.

Los ejemplos anteriores sirven para ilustrar los diferentes significados que damos a los mismos conceptos. En el caso de la comunicación normalmente se da por hecho, pero basta indagar un poco para darnos cuenta que no significa lo mismo para todos, incluso cuando la acotamos a un ámbito concreto, como el desarrollo territorial.

En un post anterior, Ainhoa Arrona ahondaba en la dimensión cognitiva del capital social y en la importancia de trabajar en la construcción de significados compartidos para poder avanzar en cualquier proceso colectivo. En su obra Dialogue and Development, Gustavsen (1992)[3] afirma que el lenguaje es una herramienta que influye en nuestra práctica, que el desarrollo del lenguaje y el desarrollo de nuevas prácticas están unidos y que en esa relación mutuamente dependiente, el diálogo funciona como mediador.

Si queremos fortalecer el papel de la comunicación como facilitadora de procesos de desarrollo territorial, quizás lo primero que tenemos que hacer es iniciar un diálogo que nos permita construir significados compartidos en torno a qué es comunicación. Cambiar la forma en que comunicamos para mejorar nuestra impacto en el territorio, pasa por saber de qué hablamos cuando hablamos de comunicación.

[1] Para una descripción del EPIA véase el capítulo 2 de Costamagna, P., Pérez-Rozzi, S. (2015). Enfoque, estrategias e información para el desarrollo territorial. ConectaDEL.

[2] Para conocer la aproximación a la comunicación de EPIA véase el capítulo 3 de Costamagna y Pérez Rossi (2015)

[3] Gustavsen, B. (1992). Dialogue and Development: Theory of Communication, Action Research and the Restructuring of Working Life. Assen: Van Gorcum.

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Forman parte de esta serie sobre la dimensión social del desarrollo territorial:

Sobre innovación social 

El aprendizaje y la dimensión social del desarrollo territorial

Algunas reflexiones en torno al capital social

The Social Construction of Reality

Ampliando el rol de la Universidad

Innovación social y desarrollo industrial, ¿tienen algo que ver?

El Desarrollo Económico Territorial, la participación ciudadana y el  “Buen Vivir”

Saliendo del armario

Una aproximación a la dimensión social del desarrollo territorial 

Convirtiendo lo social en ventaja competitiva

 

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El Desarrollo Económico Territorial, la participación ciudadana y el “Buen Vivir”

Esta entrada ha sido escrita por Francisco Alburquerque, como bloguero invitado

Recientemente he visitado Quito, capital de Ecuador y de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), un organismo que tiene como objetivos construir una identidad y ciudadanía suramericana, y desarrollar un espacio regional integrado[1]. El motivo de mi visita ha sido el de participar en un Foro Latinoamericano y del Caribe sobre Desarrollo Económico Territorial, una reunión a la que asistieron 350 representantes de 23 países según los datos reunidos por la principal organización convocante, esto es, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

En dicho evento, en el que coincidí con colegas vascos, entre ellos el actual presidente de la asociación de Agencias de Desarrollo Local (Garapen) y el responsable del Área de Desarrollo Territorial de Bildu en la Diputación Foral de Gipuzkoa, pude comprobar que, en ocasiones, los avances en las formas de enfrentar el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la gente no siempre hay que buscarlos en los países más desarrollados. De hecho, como en esta ocasión, las orientaciones del actual gobierno ecuatoriano (y su nueva Constitución) han dejado de lado la expresión de “desarrollo” para referirse al objetivo principal de lo que prefieren denominar “Buen Vivir”, ya que el concepto de “desarrollo” es recurrentemente confundido por parte de políticos, economistas, principales medios de comunicación, e imaginario colectivo, con el logro de un mejor comportamiento de las variables macroeconómicas propias del crecimiento económico agregado, haciendo invisibles de este modo a los diferentes actores sociales y sus circunstancias de vida reales.

Con los objetivos del “Buen Vivir” no interesan tanto las variables macroeconómicas como la situación real de vida de la población. Por ello, el Plan Nacional para el Buen Vivir en dicho país, trata de incidir en el cambio de la matriz productiva y en asegurar una participación efectiva de la población en los mecanismos de gobernanza multinivel que ello requiere desde cada uno de sus respectivos territorios. Cierto que, como pude comprobar en las discusiones habidas en los diferentes talleres del Foro, el proceso no está exento de titubeos y conflictos entre los diferentes grupos de población (indígenas, gobiernos locales, provinciales y del nivel central, empresarios y sindicatos, etc.). Pero todo ello supone, sin duda, un cambio importante en lo relativo a la clarificación de los objetivos fundamentales del “Buen Vivir” o, entre nosotros, el objetivo final del “desarrollo” bien entendido. Dicho en otras palabras, el enfoque del Desarrollo Económico Territorial pasa a situarse como una parte fundamental de las políticas del “Buen Vivir”.

Me sirve esta reflexión para manifestar mi opinión acerca de si, entre nosotros, el enfoque del Desarrollo Económico Territorial debe limitarse a un mero ejercicio local (o comarcal) para impulsar la mejora de la organización territorial de la producción y la generación de empleo dentro de los límites del actual modelo productivo y de consumo (por lo demás, absolutamente insostenible desde el punto de vista medioambiental), o si más bien debiera contemplarse como una forma política diferente de buscar formas mucho más participativas de la población, desde sus diferentes ámbitos territoriales (esto es, “desde abajo”), para intentar orientar el tipo de desarrollo económico, social, institucional y ambiental, es decir, si me permiten la expresión ecuatoriana, el “Buen Vivir” entre nosotros, más allá de las equívocas o ambiguas cifras del crecimiento económico cuantitativo.

[1] UNASUR está formada por los doce estados de América del Sur, con una población que supera los 400 millones de habitantes, lo que supone el 68% de la población de América Latina.

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Forman parte de esta serie sobre la dimensión social del desarrollo territorial:

Saliendo del armario

Una aproximación a la dimensión social del desarrollo territorial 

Convirtiendo lo social en ventaja competitiva

 

Francisco Alburquerque

Nacido en Córdoba (Andalucía). Comenzó su carrera profesional como profesor en el Departamento de Estructura e Instituciones Económicas Mundiales bajo la dirección de José Luis Sampedro, en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad Complutense de Madrid, donde realizó su tesis doctoral sobre el sistema de control político de la población en España mediante el sistema de racionamiento de alimentos que duró hasta el año 1953. Tras quince años de dedicación exclusiva a la enseñanza universitaria, pasó al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) alternando periodos de colaboración con el Sistema de Naciones Unidas hasta la jubilación del CSIC en 2014. Ha sido Director de Gestión Local y Desarrollo en el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social, ILPES, organismo del Sistema CEPAL, en Santiago de Chile, y actualmente trabaja como asesor en Desarrollo Económico Territorial para diversos organismos de Naciones Unidas (PNUD, OIT, ONUDI) y para el Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN), del Banco Interamericano de Desarrollo.

 

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